Cómo nació el logo de Vetreria Artística Rosa
Nuestro logo no es un simple signo gráfico.
Es un símbolo que nos dice quiénes somos, de dónde venimos y qué representa nuestro arte.
Su forma recuerda la proa de hierro de la góndola veneciana, un elemento icónico y elegante, reconocido en todo el mundo como el emblema de la ciudad de Venecia.
Pero dentro de esta figura hay un detalle que es pequeño en tamaño, pero inmenso en significado.
Se trata del "peine", también llamado "delfín": con sus dientes representa los barrios de Venecia, el corazón palpitante de la laguna y su historia milenaria.
Un elemento que embellece la góndola y completa su equilibrio formal, así como completa la tradición y da sentido a nuestro arte vidriero.
El arco de hierro no es sólo un adorno.
Siempre ha sido un medio de comunicación, una forma de afirmar la grandeza artística, histórica y cultural de Venecia.
Por eso elegimos convertirlo en nuestro logotipo: porque contiene la procedencia de nuestro arte, nuestra identidad y nuestra profunda pertenencia a esta ciudad única.
El logotipo fue creado por Carlo Rosa en la década de 1980 y utilizado inicialmente como firma personal en sus pinturas.
Con el tiempo, este signo ha ido más allá de la dimensión artística individual para convertirse en el símbolo de toda una familia y de una visión compartida.
Posteriormente, el logotipo fue observado por Giorgio Igne, escultor de renombre internacional, autor entre otras obras del famoso "Carabinero Desconocido", confirmando su valor simbólico y expresivo.
El arte es nuestro fuerte
El arte es nuestra fuerza no es sólo un eslogan.
Es una declaración de identidad.
Cada uno de nuestros trabajos de vidriería toma forma gracias a una excelente habilidad manual, madurada en el tiempo y alimentada por una auténtica pasión.
Es la misma fuerza que nos permite partir de una idea arriesgada, extrema, única y transformarla en materia, luz y emoción.
Cuando el vidrio nace de las manos de un Maestro, el alma y el cuerpo de la obra se vuelven uno.
Y lo creado ya no pertenece al tiempo: se vuelve inmortal.
Nos convertimos en maestros vidrieros precisamente por esto:
para poder permitirnos olvidar las reglas, superar límites y atrevernos sin miedo.
Es esta libertad creativa, arraigada en la tradición pero proyectada más allá de todas las fronteras, la que nos distingue en el mundo.